1974: DE SEVILLA A AMSTERDAM: EL FRACASO DEL IMPERIO.
(Capítulo 4 de El Moderno Sistema Mundial, I, de Immanuel Wallerstein. Digitalizado a partir de la edición en castellano de Siglo XXI editores, 1979. Traducción de Antonio Resines)
(viene de pag. anterior)
Tampoco tenía España la energía necesaria para controlar enteramente a sus propios colonos. Para mantener su lealtad política hizo muchas concesiones económicas. Una de éstas fue prohibir a los indios bases independientes de poder económico, prohibiéndoles la cría de ganado, la única actividad en la que podrían haber competido eficientemente en la nueva economía capitalista (111). Más aún, no sólo se vieron apartados los indios de esta rentable actividad, sino que su desarrollo les debilitó económicamente, porque las ovejas devoraban hombres en América Central tanto como en Inglaterra (112). Los colonos dependían no obstante de un apoyo español continuado, no tanto contra las rebeliones de esclavos, indios y africanos, como contra las intrusiones de los ingleses y otros en su comercio, y por tanto en sus márgenes de beneficio (113). Por tanto, aunque se sintieran descontentos ocasionalmente con la Corona y la burocracia, no se organizaron como fuerza autónoma. Además, los colonos, muchos de ellos de origen humilde, se beneficiaban del hecho de que las colonias fueran economías de exportación (114).
De hecho, como ocurre a menudo en las estructuras imperiales, empezaron a crecer subimperialismos, capas dentro de las capas. Podemos hablar de la forma en que México (esto es, los españoles de México) "colonizó" Perú. México tenía una población mucho mayor. Hubo una disparidad constante en los niveles de precios a lo largo de los siglos XVI y XVII. México exportaba manufacturas, lujos y esclavos a Perú, y recibía a cambio mercurio y metálico (115). Cuando las Filipinas entraron en la esfera de comercio española, el español de México se convirtió en el intermediario entre Manila y Lima, dejando fuera a los españoles de Manila (116). Esta reexportación de México a Perú de productos chinos llegados a través de Manila se convirtió en el soporte principal del comercio intercolonial (117). La Corona española intentó sin éxito acabar con el papel de México, dado que dañaba las ganancias de Castilla (118). "Nadie discutirá" dice Chaunu, "que durante el siglo XVI México se comportaba con respecto a Perú como una metrópoli con respecto a su colonia" (119). Uno de los efectos de la excesiva extensión política de Europa, combinada con la contracción económica en el "segundo" siglo XVI fue que hubo un aumento de la emigración de españoles a América (120). Esto proporcionaba una fuente de trabajo a los españoles que lo necesitaban y una fuente inmediata de ingresos al Estado español, dado que los puestos en la burocracia colonial americana se vendían (121). Por otra parte, la creciente población española viviendo de la tierra en América, ante la contracción económica y la desastrosa caída demográfica de los indios bajo la primera etapa de dominación española, se combinaron para crear un "siglo de depresión" en la América española (122), y como resultado, para dar gradualmente el sistema de haciendas basado en el peonaje por deudas (123). Pero la hacienda estaba orientada a un mundo económico más pequeño que la plantación (124), un mundo de relativa autosuficiencia de una élite de colonos (125). La propia España encontró que el sistema en desarrollo suponía menores beneficios económicos para ella y mayores dificultades políticas. Resultaría más fácil en adelante para otros Estados europeos obtener beneficios económicos de la América española mientras España seguía cargando con los costos políticos del imperio (126).
Por lo tanto, en el período posterior a 1557, España no sólo perdió las regiones centro-europeas de su imperio y, después de una larga lucha, el norte de los Países Bajos. Estaba perdiendo parte de los beneficios de las colonias que le quedaban. Más aún, el mismo hecho de que las Américas se hubieran convertido en una fuente tan importante de ingresos para España, hasta el 10 por 100 del total, llevó a que España hiciera más lento su proceso de expansión para consolidar lo ganado (127). Pero esta disminución de velocidad resultó ser más que temporal.
La decadencia de España ha sido uno de los grandes tópicos de la historiografía de la Europa moderna. La causa, en nuestros términos, parece ser que España no erigió (probablemente porque no podía hacerlo) el tipo de aparato de Estado que habría capacitado a sus clases dominantes para beneficiarse de la creación de una economía-mundo europea, a pesar de la posición central, geográfica y económica, de España en esta economía-mundo en el siglo XVI. Esto indica que las áreas del "centro" no son necesariamente las más "centrales", tanto en términos geográficos como en términos de movimientos comerciales.
España sufría ya algunas fallas subyacentes en su estructura económica a su entrada en el siglo XVI. En primer lugar, como mencionamos previamente, la fuerza relativamente organizada de los ganaderos de ovejas migratorios fue una barrera importante para la aparición de una yeomanry, ya que fueron capaces de mantener sus prerrogativas contra el cercamiento de la tierra cultivable. En Inglaterra, la ganadería ovina era menos migratoria, y más compatible con un sistema de cercamientos que permitió el lento progreso de la enfiteusis (128). En segundo lugar, estaba la falta de un sector industrial significativo, y el que había (telas y sedas en Castilla) se vendría abajo en la crisis de 1590 (129). Vicens atribuye ésto de forma un tanto mística a la "incomprensión del mundo capitalista" por parte de Castilla (130). En cualquier caso, su descripción empírica de lo que ocurrió tras la crisis indica que la estructura del gasto fue al menos una variable que jugó un importante papel en la decadencia:
En definitiva, los que poseen el dinero -aristócratas, hidalgos andaluces y extremeños, funcionarios retirados-- lo petrifican en construcciones -templos, palacios, monasterios-- o lo sacralizan en obras de arte. Pero ninguno cede a la tentación industrial o simplemente mercantil (131).
Un desplazamiento similar del esquema de inversiones afectó a la burguesía catalana, que estaba mucho más orientada hacia la nueva economía capitalista. Braudel señala su creciente desplazamiento del comercio para invertir en tierras cultivables. "¿Acaso no es éste uno de los aspectos del drama económico de Barcelona? La burguesía de Barcelona empezó a invertir su dinero en tierras en vez de continuar arriesgándolo en empresas marítimas" (132). Esto nos hace reflexionar: ¿cómo es posible que en un centro del imperio más importante de Europa en la época, su burguesía pase de la inversión ultramarina al cultivo del grano, en lugar de construir una base industrial? (133). Existe otro rompecabezas. Muchos escritores hacen afirmaciones semejantes a la de Vilar: "Porque los metales que enriquecían a España de forma parasitaria [...] fluían hacia aquellos países donde su poder de compra era mayor" (134). O Vicens: "Cierto que en los momentos críticos de la lucha [contra el resto de Europa, Castilla] cuenta con la inyección de los metales preciosos americanos" (135).
Sin duda un factor aquí era el continuo papel clave financiero de los extranjeros: genoveses, holandeses, judíos, portugueses, franceses (136). Otro era la renuencia de Carlos V a tomar una perspectiva nacionalista española y a adoptar una política mercantilista (137) antes de que la burguesía castellana se viera desbordada por el impacto de los precios crecientes, los gastos de lujo de la aristocracia y los efectos inflacionarios y antiproteccionistas de los préstamos al Emperador (138), toso lo cual estaba ligado a la vinculación española con el imperio paneuropeo de los Habsburgo. El resultado de estos factores, el gran papel de intereses financieros no españoles dentro de España y la falta de voluntad (o incapacidad) del gobierno para adoptar medidas proteccionistas adecuadas, llevaron a una inversión del papel económico de España (139).
Notas:
(111) Véase Wolf, Sons of the shaking earth, pp. 182-183.
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(112) Véase ibid., pp. 197-198. ![]()
(113) Véase la descripción de E. E. Rich de la economía del comercio de esclavos: «Un rasgo casi inevitable de la dependencia del trabajo esclavo era que la demanda nunca se viera compensada por una oferta suficiente y barata, pues la fuerza de trabajo es el factor que más fácilmente se gasta en un sistema de propiedad de esclavos [...]. En tales circunstancias no es sorprendente que los embarques de contrabando tolerados fueran numerosos y atractivos [...]. En general se asumía que tales embarques invadían gravemente una verdadera propiedad de Portugal cuando iban a la costa africana en busca de esclavos, pero que al llevarlos para su venta en las posesiones españolas sólo evadían un veto formal; la auténtica barrera al comercio libre era Portugal, no España. Este enfoque del comercio de esclavos interesaba tanto a los comerciantes del siglo XVI, que un poderoso grupo de comerciantes ingleses vio la posibilidad de establecer un acuerdo angloespañol para este comercio, en términos tales que satisficieron la necesidad de esclavos de los colonos, el deseo de fortaleza y control económicos del gobierno español, y el deseo de los comerciantes ingleses de obtener las ganancias aparejadas [...]. John Hawkins comenzó a comerciar con esclavos para las Indias Occidentales con la esperanza de que podría establecer una cooperación comercial regular entre Inglaterra y España». Cambridge Economic History of Europe, IV, páginas 325-326. Debemos preguntarnos por qué las autoridades españolas no se mostraron interesadas en el proyecto de Hawkins, que parecía apuntar en primer término contra los comerciantes portugueses. ¿No sería posiblemente porque la intrusión inglesa parecía a largo plazo más peligrosa para la Corona y para los colonizadores, y porque la Corona vio en esta propuesta un intento de meter una cuña?
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(114) «Desde el mismo comienzo de su existencia colonial [siglo XVI], Chile ha tenido una economía exportadora [...]. De forma bastante típica, Chile comenzó su existencia como exportador de oro. Pero las minas [...] no eran ricas, y no duraron mucho [...]. Sin embargo, de forma bastante atípica entre las colonias españolas en el continente, aunque quizá de la misma forma que Guatemala, incluso en esa época, Chile exportaba un producto de su suelo: sebo de su ganado». André Gunder Frank, Capitalism and underdevelopment in Latin America, p. 29.
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(115) Véase Woodrow Borah, Early colonial trade and navigation between Mexico and Peru (Ibero-Americana, vol. 38), Berkeley, Univ. of California Press, 1954, pp. 81-82, 86-88.
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(116) Véase Walter L. Schurz, «México, Perú, and the Manila galleon», Hispanic American Historical Review, I, 4, noviembre de 1918, p. 391.
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(117) Véase Borah, Early colonial trade, p. 121.
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(118) Véase ibid., pp. 118-120, 124-127.
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(119) Pierre Chaunu, «Pour une histoire économique de l'Amérique espagnole coloniale», Revue Historique, LXXX, 216, octubre-diciembre de 1956, p. 218.
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(120) Las dimensiones de la emigración son exploradas por Jordi Nadal en La población española (siglos XVI a XX), Barcelona, Ariel, 1966, pp. 73- 80. No hay duda de que existía sobrepoblación. «[La] imagen [de una Castilla sobrepoblada] es inseparable de la de la grandeza española», afirma José-Gentil da Silva. «Villages castillans et types de production au XVIe siècle». Annales ESC, XVIII, 4, julio-agosto de 1963, p. 735. ¿Se debe vincular entonces emigración y decadencia? Quizá, pero no de forma lineal.
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(121) «La ocupación de cargos coloniales [...] daba oportunidades a los españoles de todo tipo de rangos e ingresos a trabajar y enriquecerse, cosa que les negaba la economía metropolitana en contracción. Además, los aumentados cuadros de organización de la administración colonial dieron a la monarquía española la oportunidad de vender cargos coloniales a ciudadanos ansiosos que a su vez encontraban otros españoles dispuestos a adelantar préstamos a los administradores recién nombrados que se encaminaban a sus posiciones de control sobre las sumisas masas amerindias». Stein y Stein, The colonial heritage of Latin America, páginas 71-72. Swart subraya el hecho de que España extendió la venalidad a sus colonias, lo que Francia no hizo, signo de la carga de las colonias en esta época. Véase Swart, The sale of offices, p. 41.
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(122) «Todos los datos disponibles apuntan a la conclusión de que sólo en los mejores años posteriores a 1576-1579, hasta buena parte del siglo XVII, pudieron los habitantes blancos asegurarse fácilmente el alimento suficiente para alimentarse a sí mismos y a los sirvientes y trabajadores que dependían directamente de ellos. En este período deben haber intervenido probablemente otros factores además de la oferta de trabajo; la inexplicada caída en las cifras de ganado a finales del siglo XVI y en las primeras décadas del XVII es difícil que se haya debido solamente a la falta de pastores; pero el suministro de mano de obra fue probablemente el factor más importante en la insuficiencia de alimentos y otros artículos para el suministro de las ciudades [...]. En la minería los datos también apuntan de forma inconfundible a una grave y continuada falta de mano de obra debida a la disminución de la población indígena [...].
»Las dificultades económicas que acosaban a las ciudades de la Nueva España [...] deben haber tenido un paralelismo, casi con certeza, en desarrollos similares en las principales colonias españolas en el Nuevo Mundo [...]. Las menores oportunidades económicas y un empeoramiento de las condiciones de vida en España significaron que muchos españoles emigraran a la colonia, donde, por muy malas que pudieran ser las condiciones económicas, el alimento aún era más abundante que en la España de finales del siglo XVI y de gran parte del siglo XVII. A causa de la naturaleza de la sociedad colonial, estos inmigrantes significaban poco o ningún aumento de la fuerza de trabajo en Nueva España, pero aumentaban el número de personas que debían ser alimentadas [...]. Por su coincidencia en el tiempo, las crisis demográficas y económicas de España y su colonia [...] interactuaron en perjuicio de ambas». Borah, New Spain, pp. 25-26, 29. Sobre la crisis de fin de siglo en Chile véase Álvaro Jara, Guerre et société en Chili. essai de sociologie coloniale, pp. 105-119.
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(123) «Se puede concluir que el origen de la hacienda fue esencialmente un desarrollo antes que una lucha. La evolución de la gran propiedad respondió a realidades tales como las dimensiones de las ciudades y de las poblaciones españolas, el grado de aculturación entre los indios, y la naturaleza de la sociedad española al comienzo de los tiempos modernos [...]. Donde podría parecer que la Corona o la Iglesia se habían convertido en los motores primeros de su desarrollo, se encontrará en un examen más detenido que estaban en acción fuerzas más profundas. Se ha atribuido a la política de la Corona la destrucción de la encomienda, pero el desarrolla natural de las colonias había sentenciado a esta institución. Por una parte, las fortunas surgidas del comercio y de la minería no dependían directamente de la encomienda; por otra parte, el brusco crecimiento de la sociedad española produjo nuevas familias poderosas que empezaron a crear sus propias haciendas, socavando el inflexible sistema de encomiendas». James Lockhart, «Encomienda and hacienda: the evolution of the great estate in the Spanish Indies», Hispanic American Historical Review, XLIX, 3, agosto de 1969, página 428.
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(124) Los Stein distinguen entre hacienda y plantación de la siguiente forma: «La hacienda era un fundo de grandes dimensiones donde se cultivaban cereales o se criaba ganado. Sus productos eran consumidos localmente en los centros mineros o en las grandes regiones urbanas, tales como las ciudades de México o Lima. Los amerindios dependientes, relativamente inmovilizados, constreñidos por una forma especial de trabajo asalariado, el peonaje por deudas, constituían la fuerza de trabajo [...] A diferencia de la hacienda, la plantación era sana unidad económica independiente creada para producir artículos esenciales para el consumo externo, es decir europeo». The colonial heritage of Latin America, p. 40.
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(125) «A comienzos de la década de 1590, la formación de haciendas propiedad de españoles alcanzó claramente un punto a partir del cual, suponiendo que pudiesen obtener la suficiente mano de obra, su producción podía satisfacer las necesidades alimentarlas de las ciudades españolas. Esto no quiere decir que las ciudades ya no dependieran en absoluto de la producción indígena, sino más bien que en caso de apuro podían pasar con el alimento producido en las granjas que poseían o controlaban sus propios vecinos». Borah, New Spain, p. 33.
Véase Huguette y Pierre Chaunu, que señalan que las exportaciones de España a las Américas, que en el siglo XVI están compuestas principalmente de bienes primarios destinados a los colonizadores, en el siglo XVII pasan a ser bienes manufacturados, procedentes de Italia o el norte de Europa y transbordados en España. Se preguntan: «¿Cómo podemos explicar este cambio fundamental? Por el hecho de que la colonización española, al desarrollarse, fue adueñándose de sus condiciones naturales. Un ejemplo, entre otros: el cultivo con éxito de viñas en la costa del Pacífico, en el seco oasis de Perú, pese a las prohibiciones un tanto platónicas que la aristocracia andaluza obtuvo de un gobierno complaciente. Y, en medida no menor, por el hecho adicional de que los españoles de las nuevas generaciones, nacidos en las Indias y entre los indios, ya no mantenían los mismos prejuicios culinarios hacia la comida local que sus padres habían sentido, al transplantarse de un universo a otro. Por último y especialmente, a causa del disparate económico que suponía transportar, a enorme costo, productos de bajo valor, por definición intransportables a través de las largas distancias que separaban España de América, disparate que ya no hacían posible las muy altas ganancias de las minas de plata del Nuevo Mundo. Cuando estas ganancias disminuyeran por muchas razones (agotamiento de los filones más accesibles, escasez de mano de obra en las áreas mineras, aumento del precio del mercurio necesario para la amalgama y especialmente la disminución del poder adquisitivo de la plata a consecuencia de la revolución de los precios del siglo XVI), la plata se exportó a Europa en menor medida, y sirvió más para la creación en América de una economía mejor equilibrada y más diversificada». Cahiers d'Histoire Mondiale, pp. 99-100.
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(126) «El imperialismo del reinado de Felipe II se había basado en una economía hispanoatlántica, en cuanto que se financió con los recursos americanos y de Castilla, la cual había recibido inyecciones regulares de plata de las minas del Nuevo Mundo [...]
»A partir de la década de 1590 [...] las economías de España y de sus posesiones americanas comenzaron a separarse [es decir, comenzaron a entrar en competencia más bien que a complementarse], mientras los intérlopes holandeses e ingleses se esforzaban por entrar a través de una brecha que se ensanchaba». Elliott, Imperial Spain, pp. 285, 287. Esta es otra forma de decir que España se estaba convirtiendo en una parte de la semiperiferia de la economía-mundo europea.
André Gunder Frank señala el grado en que el excedente económico generado en Chile, en el siglo XVI, se gastó en bienes de lujo que podían ser vistos como equivalentes a una «sangría en el cambio exterior y los recursos domésticos de Chile», sangría que no benefició necesariamente a España. Capitalism and underdevelopment in Latin America, p. 33.
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(127) «Era natural que Felipe [II] deseara, por razones de seguridad, suspender nuevas conquistas hasta que las provincias existentes pudieran ser pobladas de españoles industriosos y de indígenas asentados, y administradas por funcionarios civiles metódicos y obedientes, Por encima de todo, lo que llevó a desistir de la expansión fue el reconocimiento de la importancia creciente de las Indias como fuente de ingresos para el rey [...] En el momento de la subida al trono de Felipe II sus ingresos procedentes de las Indias eran casi un 10 por 100 de sus ingresos totales, y estaban aumentando. En vista de las vastas deudas y enormes compromisos europeos de Felipe, se convirtió en un objetivo fundamental de la política real el incremento cada vez más rápido de los ingresos de Indias; la concentración del capital y la iniciativa de los españoles y del trabajo de los indígenas en la minería de la plata y en otras actividades productoras de ingresos; y la insistencia en el desarrollo de las provincias ya existentes y rentables, antes que permitir la disipación de energías en nuevas entradas distantes y especulativas». J. H. Parry, New Cambridge Modern History, III, pp. 510-511.
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(128) «[Las grandes ciudades españolas del siglo XVI] advertían ya una verdad fundamental de la economía agraria, verdad que, de forma especialmente desafortunada para Castilla, no sería enteramente apreciada hasta que hubieran pasado dos desastrosos siglos. Era el hecho de que la vida agrícola y la ganadera podían muy bien combinarse, y no eran en ningún sentido hostiles y mutuamente excluyentes.» Klein, The Mesta, pp. 327-328.
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(129) «Desde el siglo XVI hasta el XVII, los Países Bajos, Inglaterra, Francia, importaron de España materias primas: aceite de oliva, tintes, lana, mientras España recibía a cambio sus manufacturas, pero también cereales. La especialización internacional así definida impidió que la industria española obtuviera inversiones duraderas. Sólo quedó la pequeña empresa artesanal para luchar por la existencia». Da Silva, En Espagne, páginas 177-178.
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(130) Vicens Vives, Approaches, p. 98 [p. 109]. Ramón Carande va quizá más encaminado cuando señala que a lo largo del siglo XVI la producción española de paño pierda invariablemente calidad. Véase Carlos V, I, páginas 191-192. Véase Elliott, Imperial Spain, p. 193.
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(131) Vicens Vives, Approaches, p. 99 [p. 110].
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(132) Braudel, La Méditerranée, I, p. 63.
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(133) España se estaba moviendo crecientemente hacia cultivos agrícolas adecuados para la producción en haciendas. Uno de los más importantes era el vino, que se convirtió en «trabajo de campesinos asalariados, trabajadores rurales». Da Silva, En Espagne, p. 159. Por añadidura, los niveles salariales de estos trabajadores estaban bajando aún más a causa de la entrada de emigrantes franceses [p. 113]. Véase Nadal, La población española, pp. 80-88.
Inversamente, en la pesca estaba decayendo como productora, mientras se mantenía en el mercado de consumo. H. A. Innis explicita las implicaciones de ello: «La decadencia de la pesca española [en Terranova] es el reverso de la apertura del mercado español a la pesca francesa, inglesa y de Nueva Inglaterra. Ello anunciaba un comercio que durante siglos significaría el desarrollo de Terranova, la continuidad de un semillero de marinos, el consumo de bienes manufacturados británicos, y un medio de sangrar a España de metálico. Probablemente no resulta exagerado decir que en los siglos XVI y XVII la piedra angular del imperio británico se puso verdaderamente con el comercio con España. El consumo de bacalao en la Inglaterra protestante decayó al cambiar el nivel de vida, pero la católica España presentaba un mercado estable y creciente. El brindis de los pescadores de Terranova, "Por el Papa y diez chelines", es un brindis al que se unirían todos los buenos ciudadanos del imperio británico». «The rise and fall of the Spanish fishery in Newfoundland», Proceedings and Transactions of the Royal Society of Canada, 3ª serie, XXV, apartado II, 1931, p. 167.
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(134) Vilar, Past and Present, 10; p. 32, n. 88.
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(135) Vicens Vives, Approaches, p. 97 [p. 108].
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(136) «Los principales beneficiarios de la crisis fueron los extranjeros: los odiados genoveses (los "moros blancos", como los llamó un airado catalán), los judíos portugueses y los herejes holandeses. Banqueros extranjeros llevaban las finanzas de la Corona; los comerciantes extranjeros se habían asegurado un baluarte en la economía castellana y sus tentáculos estaban envolviendo el lucrativo comercio sevillano con Amé rica.» John Elliott, Past and Present, 20, p. 69.
«El desprecio profundo de lo terreno, el ideal de misión ecuménica de España, entierran definitivamente cualquier programa de recuperación económica de Castilla. Si los banqueros genoveses acaparan los beneficios de la explotación de las minas americanas y los armadores de la misma procedencia el suministro de las flotas; si los mercaderes italianos, flamencos y franceses se apoderan, tras las ferias de Medina del Campo y los embarques de Sevilla y Cádiz, del negocio colonial, la monarquía, lejos de reaccionar, va enzarzándose cada vez más en un peligroso confusionismo financiero, que, atándola al carro capitalista de allende los Pirineos, se hace primero indispensable, luego ruinoso y finalmente estéril [...] No hallamos ningún capital invertido en el país, ya sea en la bonificación del suelo agrícola, ya sea en la constitución de sociedades mercantiles para la explotación del mundo oceánico, incluso en la trata de esclavos, dejada en manos de portugueses o franceses.» Vicens Vives, Approaches, pp. 97-98 [pp. 108-109].
Ramón Carande deja muy claro que esta dependencia de la España del siglo XVI respecto a los banqueros extranjeros es una consecuencia directa de la expulsión de los judíos : «Con anterioridad al siglo XVI los banqueros extranjeros no actuaron en Castilla ni Aragón, como lo hicieron en Inglaterra y Francia, por ejemplo. No faltaron, desde luego, durante los siglos XIII, XIV y XV, mercaderes exóticos en estos reinos [...] Sin embargo, nuestros reyes, los de Castilla y los de Aragón, no necesitaron banqueros extraños al reino. Los Abrahanes, Isaaces, Samueles, etc., les daban abasto. Los judíos en el campo de lo económico, y sobre todo en el ejercicio de los negocios de crédito, no encontraron, durante aquellos siglos de la Edad Media, dentro de las fronteras del país, competidores capaces de desplazarlos. Fueron los hebreos, simultáneamente, tesoreros y prestamistas de los reyes.» El crédito de Castilla en el precio de la política imperial (discurso ante la Real Academia de la Historia), Madrid, 1949, p. 24. Véase Klein, The Mesta, p. 38.
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(137) Elliott, Imperial Spain, p. 196. Este es también el sentido del capítulo de Ramón Carande titulado «La encrucijada mercantilista». Carlos V, I, cap. 7. Véase allí: «En la persecución de sus empresas, Carlos V hizo de España, como él mismo reconoce, su despensa. Escribe a Fernando estas palabras: je ne puis estre soubstenu sinon de mes royaulmes d'Espagne [sólo puedo sostenerme gracias a mis reinos de España]; mas no por eso puso en marcha ningún sistema económico de unificación nacional. Fueron los territorios otras tantas provincias de intereses incompatibles, como en los tiempos clásicos. Sin pertenecer al imperio, dependían de la soberanía del emperador intereses económicos colectivos que no recibieron la atención debida dentro del marco nacional» (p. 159).
Luis Vitale sostiene que la política española no era «mercantilista», sino «cambiaria». Pensamiento Crítico, 27, p. 23. De hecho sostiene que las raíces de la decadencia española estuvieron en el hecho de que España no adoptara una política proteccionista. «Paradójicamente, España se convirtió en el impulso principal para la industria en los países enemigos, Inglaterra y Francia» (p. 24).
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(138) Véase Elliott, Imperial Spain, pp. 192-193. Klein indica en qué forma el endeudamiento del emperador obstaculizaba su capacidad de juicio en los conflictos internos españoles. A comienzos del siglo XVI, los privilegios de la Mesta, que habían conducido a la subida del precio de los alimentos, eran combatidos en las Cortes por diversos intereses que deseaban estimular más la labranza: «El mismo Carlos se encontraba en una posición un tanto difícil en lo referente a todo el problema de la ganadería. En primer lugar propuso, naturalmente, utilizar a la Mesta y su industria como sus abuelos lo habían hecho, lo que significaba que no hubiera ningún límite para la ganadería. Su política en esta dirección se veía estimulada por el hecho de que en 1525 había arrendado a sus acreedores, los Fugger, las muy valiosas tierras de pastos de los maestrazgos de las órdenes militares; y el permitir cualquier incursión considerable de la agricultura en estas tierras podría haber conducido a embarazosas demandas de sus banqueros. Por otra parte, al haber aumentado sus necesidades financieras, tenía que solicitar de las Cortes subsidios o servicios especiales. Para asegurarse estas sumas estaba obligado a conceder licencias para el cercamiento de tierras públicas a varias grandes ciudades cuya influencia era necesaria para conseguir que las Cortes votaran los subsidios [...]
»Sin embargo, Carlos no tardó en tomar una decisión, pues sus planes y ambiciones no eran del tipo que puede esperar pacientemente al desarrollo de toda una nueva industria. Necesitaba fondos inmediatamente, y uno de los recursos más explotables disponibles en sus dominios españoles era la industria ganadera, establecida desde hacía largo tiempo, y entonces más que floreciente, que precisamente en esa época era más próspera de lo que lo había sido nunca antes, y de hecho más de lo que nunca volverla a ser [...] La conservación de los bosques y la tierra de labranza iban a verse subordinadas a los intereses la ganadería». Klein, The Mesta, pp. 327-328.
Y por si esto no fuera suficiente, el declinar de las importaciones de plata a partir de 1590 condujo al gobierno español a intentar compensar sus pérdidas mediante una desastrosa política de excesiva imposición fiscal sobre la burguesía española subsistente. Véase Elliott, Past and Present, 20, p. 71.
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(139) «Me parece que Felipe II siempre se encontró en idéntica posición a la de los gobiernos sudamericanos del siglo XIX: cuentan con una gran riqueza de productos y minas, cuentan con la riqueza de sus plantaciones, pero se encuentran desatinados en el mundo de las finanzas internacionales. Un gobierno de esta especie puede evidentemente enfadarse, puede incluso pasar a la ofensiva, pero al final ha de acabar sometiéndose entregar sus recursos y puestos de mando y ser comprensivo.» Braudel, La Méditerranée, I, p. 464.
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